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El yoga, una manera de viajar en tiempos de pandemia

Actualizado: 13 mar 2021

Muchas personas me preguntan que cómo llevo quedarme tranquilita sin salir de Madrid y podríamos decir incluso, casi sin salir de casa (sólo salgo para lo justito), después vivir durante tanto tiempo libre y viajando. Y la respuesta es que no me ha costado demasiado. Incluso diría que ha sido más fácil de lo que se podría pensar. Al menos estos once primeros meses de restricciones por la pandemia.


Al principio, después de estar tanto tiempo trotando por esos mundos, había muchas ganas de regresar a casa. Pero una vez ya aterrizados y acomodados, creo que la fácil adaptación a esta situación radicalmente diferente a la deseada, fue en gran parte gracias al Yoga.


Me he dado cuenta que los dos meses de curso intensivo online para formarme como profesora en Kavaalya y mi práctica diaria de yoga, me han permitido, de algún modo, seguir viajando. Pero en un viaje muy distinto que el que acababa de terminar. Un viaje exclusivamente hacia dentro.


Los estímulos y la continua información que durante mi viaje por Latinoamérica venían de fuera y el movimiento constante de un sitio a otro, fueron sustituidos por el movimiento mi cuerpo dentro del reducido espacio de la esterilla. Conocer nuevos lugares, fue sustituido por la apertura de espacios dentro de mi cuerpo (apertura de caderas, hombros, elasticidad de músculos o espina dorsal), por la observación de las sensaciones y de la respiración. Las incomodidades del viaje, por las incomodidades al descubrir las rigideces y las tensiones en mi propio ser.


Empecé a estudiar un nuevo lenguaje. Como ocurre también muchos viajes. Prestarle atención al cuerpo físico y tratar de entender las sensaciones con las que habla es como tratar de entender un idioma desconocido. Lleva su tiempo. Al principio no te enteras de nada pero poco a poco vas entendiendo algo de su lenguaje.


En los momentos en los que la inmovilidad es total, como en la relajación consciente o en la meditación, podría parecer que no pasa nada, pero los que meditamos con frecuencia sabemos que pasan muchas cosas. Convertirme en una observadora de mis propios pensamientos, es como conocer a alguien nuevo, diciendo en ocasiones, incluso barbaridades. En otras, es como ese pesado compañero de autobús que no deja de parlotear en una conversación sin atractivo.


Luego, cuando uno consigue un rato de calma mental puede empezar a observar con más claridad ese mundo interior. Aunque los paisajes son diferentes a los que vería desde la ventanilla de un autobús. Son paisajes que no se pintan con colores ni con formas. Son sensaciones, vibraciones, energía, expansión, vacío o conexión. Es como si sin moverte de la esterilla, se llegara a un mundo nuevo, a una realidad totalmente diferente a la que se vive de ojos para fuera.


Díganme ahora si todo esto no tiene los componentes de un gran viaje: realidades distintas a las que normalmente vemos, nuevos lenguajes, exploración, observación, conocimiento, sensibilidad, información, aprendizaje y descubrimiento. Si a (casi) todo esto le colocas el prefijo “auto”, es lo que ocurre con la práctica del yoga. Es curioso que yoga y viajar sean dos cuestiones a las que haya decidido dedicar mi energía y tiempo, y que practico con gran motivación e interés. Y creo que es porque el yoga es una forma de viajar. Como el viaje puede ser una forma de yoga, más bien un estado de yoga, aunque este concepto lo ampliaré en otro momento.


Aparentemente podría parecer que el mundo se queda corto atrapado en la piel. Podríamos pensar que ese mundo exterior es mucho más extenso, pero lo cierto es que tras once meses de autobservación, puedo decir que tengo la sensación de que me queda mucho por conocer del planeta “Diana”. Es más, es posible que crea que es un planeta y en realidad sea todo un universo.


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