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El viaje: un proceso sanador

Actualizado: 8 abr 2021

Ahora que echo la vista atrás me doy cuenta que todo nuestro viaje fue un proceso sanador.


Ya antes de partir, al hacer la mochila y tener que discernir lo que era necesario eliminando de la lista aquello que consideramos que no lo era, había curación. La sanación de ir eliminando lo superfluo, lo meramente estético, los “por si acaso” y abandonar la seguridad que parece que dan las cosas a las que tan frecuentemente nos aferramos.


Para ser exactos, incluso el hecho de decidir hacer un viaje sin fecha de vuelta, es sanador. Te da vida porque te conecta con aquello que amas y por lo que sientes pasión. Con lo que te merece la pena vivir esta vida. Sueltas muchos de tus miedo para alcanzar tu sueño.


Ya durante el viaje, el escenario de la sanación no era un despacho de un médico o un quirófano, sino que se daba en largas caminatas por las selvas brasileñas, o por los Andes peruanos, ecuatorianos o bolivianos, cuando callados o en voz alta, las conversaciones se tornaban profundas. ¿Qué queremos hacer con nuestras vidas?. ¿Para qué estamos aquí?. ¿Qué haremos a la vuelta? ¿A qué nos queremos dedicar?. Mientras nos adentrábamos en las profundidades de aquellos bosques o aquellas montañas lo hacíamos también en nosotros mismos.


Sanador fue darse cuenta grandes verdades. Desde lo chocante que resultaba comprobar que por un tercio de lo que gastábamos en Madrid sólo pagando gastos, vivíamos viajando y haciendo lo que nos hacía inmensamente felices. Y que nos llevó irremediablemente a replantearnos algunas cuestiones. Pasando por darnos cuenta que viajar nos enriquecía a todos los niveles, alcanzando en muchas ocasiones una conexión, incluso de espiritualidad, que nunca habíamos vivido. Sentir que éramos inmensamente ricos porque teníamos tiempo. Con toda sinceridad, creo que no nos sentiríamos igual de ricos y afortunados viviendo en una mansión de cuatro millones de euros de cómo nos sentimos en muchos momentos del viaje. Tal vez porque la auténtica riqueza, poco tiene que ver con el dinero.


La naturaleza fue nuestra primera maestra. Ahí estaba, casi siempre presente, en todo su esplendor y acompañándonos en nuestra sanación. Conectarse con ella, es conectarse con uno mismo. Las largas jornadas de viaje contemplándola desde el asiento del medio de transporte de turno, las mencionadas caminatas, la luz del sol, el sonido de la selva, las aguas de ríos, mar o cascadas, la fruta y el cacao, el viento, la lluvia o los pies descalzos en la tierra. Ver, sentir, oler, escuchar, degustar todo lo que la naturaleza nos ofrecía también fue en muchos casos una sutil medicina.


Hasta que esa misma naturaleza ya menos sutil se metió en nuestro organismo. El contacto con las plantas sagradas, con la etnomedicina, fue un acelerador de todo lo que estaba pasando en nosotros durante el viaje. Y no accedimos a ellas hasta que nos sentimos realmente preparados. De las plantas sagradas, también llamadas plantas de poder, aprendimos mucho, o quizás poco, teniendo en cuenta su infinita sabiduría. Aprendimos que hay muchas formas de ver la medicina y de abordar la curación. Aprendimos que hay cosas que están pero que no las vemos. Aprendimos que hay cosas que aún no comprendemos, pero que funcionan. Aprendimos que por supuestísimo hay que aplaudir y apostar por lo científico, pero que ¡¡joder con lo que aún no se ha comprobado o se sabe cómo funciona!!. Y a desprendernos del pegajoso mantra de “no está demostrado científicamente” como dogma único de verdad.


Hoy veo las plantas sagradas como un legado a conservar para la salud del individuo, de la humanidad y del planeta. Aunque tendrán que salvar las dificultades a las que en ocasiones se enfrentan: el gran riesgo que conlleva un mal uso de las mismas, la mercantilización abusiva de su uso, su suministro por personas no adecuadas, la falta de responsabilidad y de respeto del que se acerca a ellas, la destrucción de su territorio o la intención de su privatización.


Las plantas sagradas fueron un regalo del viaje, a las que nos acercamos con mucho respeto pero con confianza. Fuimos muy afortunados al encontrar y elegir a Tangaranas y otros maestros que no están en el mundo virtual, para que nos acompañaran. Fueron parte de este camino de sanación que emprendimos antes de que nosotros siquiera lo supiésemos, pero que hoy años después, al mirar atrás, vemos que hemos recorrido.


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